Miércoles


Miércoles

            Recién me acordé de algo que me pasó a la mañana y volvió ese nudo en el estómago. ¡Qué horrible! Supongo que algunos lo llamarían las famosas “maripositas”. ¡Al diablo! Es feo y punto.
            ¿Se acuerdan cuando dije que no sentía interés por nadie? Bueno, mentí. Fue una mentirita piadosa. No, solo resultó que en su momento me olvidé de ella.
            La vi a la mañana. Hasta que no giré mi cabeza no me percaté de ella. Estaba muy azul (Pitufina, ¿Eres tú?); me gusta el color azul. En algún lado leí que mi piedra predilecta es el agua marina. También tuve un período donde quería ser bióloga marina.
            En fin, que el azul me gusta pero ella más.
            El sábado pasado cuando fui y pasé por la calle Alsina, volteé la cabeza para ver si estaba.  Aparté rápido la mirada (lo hago porque soy tímida y no quiero que piensen que me gustan. De todas maneras siempre es un buen momento para apartar la cabeza –e irse, irse, irse para no volver).

            Siempre que vuelvo, no termino de estar.
            Tengo la cabeza ocupada en otros lugares mágicos por donde pasé y quisiera volver.
            Pero cuando me voy, y estoy allá, pienso en el acá. ¡Cuánto me gustaría volver!
            Por ende, nunca estoy acá ni allá. ¿Dónde estoy? ¡Oh, dónde!
            La mayoría de mis chicos son libres; son libres porque aman lo que eso conlleva.
            Yo no amo la libertad por lo que es sino por todo lo que podría ser.
            Soy una niña perdida que nunca aterrizó en el país del Nunca Jamás.
            Me dicen que corra, yo vuelo.
             Me dicen que vuelva, yo me voy.
            ¿Qué de hacer con la desesperación que me asfixia?
            Y no me aman, solo detestan que sea libre;
            Cuánto quisiera decirles que estoy cansada de huir;
            Que todos esos personajes que aparecen en los libros son ficticios.
            Ah, si alguien me hubiera avisado… cuán distinto sería ahora.
            Y la mayoría de mis chicos son libres pero yo no soy como la mayoría.

            Poema extraño que salió escuchando una linda canción.
            Entonces decía que la vi –el tiempo se congeló. ¿Suena estúpido? Pero de verdad pareciera que pasa más lento. Por ende, el dolor y la desesperación son mayores. Necesitaba que llegara a mí, saludarla, apoyar mi mano tímidamente en su hombro. ¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Qué haces acá? Ah. ¿Pasas? Bueno. (Preguntas para rellenar el espacio; para aguantarme las ganas de abrazarla y decirle que la extrañé toda la semana pasada y los días de esta).
            Esa fue la conversación. Demasiado corta mas alcanzó para que mi corazón latiese con fuerza y golpeara con mayor énfasis mi pobre caja torácica. ¡Qué dolor! Supongo que nunca deja de doler que te guste alguien.
            Y después ya estaba aceleradísima. No pude bajar hasta que la vi de nuevo cuando salíamos para allá (Léase como un lugar, espacio) pero solo pareció empeorar las cosas porque mi corazón volvió a doler. Y eso que ese día lo había arrancado muy mal. Pasó que me miré al espejo y descubrí, una vez más, lo fea que soy.
          Ya después, ¿Saben qué hizo la señorita? ¡La ignoré! Cruzamos algunas palabras y cuando pensé que ya había sido demasiado, me adelanté y me puse los auriculares. ¡Adiós mundo, adiós, y gracias por hacerme tan grata la estadía! Pero adelantando a la gente llegué a M.E. (¿Se imaginan que pusiera Me? Como yo. ¡Ja! Caminando llegué al fondo de todo: a mí misma. Si es que existe este fondo, que no creo). Nos pusimos a hablar, básicamente de series; sentía que Mariquita nos estaba mirando –lo cual probablemente eran fantasías mías ¡Ni que fuera mi paparazzi personal!-; en el colectivo sí escuché música. De nuevo, ella se sentó detrás mío. ¿Me está mirando? No pero por las dudas… Bajamos. La ignoré otra vez. Me prendí un cigarro. Seguro lo vio. Seguro me detestó por fumar. Pero no me dijo nada. ¡Nunca me dice nada, la puta que te parió! Solo que ella no me ignora como yo lo hago; directamente a ella le importan tres cominos lo que hago o dejo de hacer con mi vida. Pero nunca vas a saberlo, ¿verdad? Porque si cuando te miro no te das cuenta que se me cae el alma a los pies, bueno, simplemente seguí ignorándolo. No necesito rebajarme más. ¡POR DIOS! Alguien pégueme un tiro ahora mismo. Ahora saben porque prefiero volver a la etapa donde sentía apatía por todos. Esto que siento ahora es mil veces peor. Pero también sé que todos se pondrían contentos de saber que estoy volviendo a ser yo misma. Que me guste gente es un buen síntoma. (¿Síntoma de qué? ¿Puedo volver también a vivir encerrada en casa? Perdonen pero me siento muy mal y no sé si voy a poder aguantarlo. Perdonen por haber sabido perdonarme en algún punto de mi vida).

Comentarios

  1. Que nos guste la gente es síntoma de debilidad. Odio que me guste alguien.

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